Opinión

 martes 02 de mayo de 2017

 

La paz se construye en los territorios, no en los escritorios

Foto: Flickr.

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“Las apuestas territoriales son también una garantía contra el centralismo que toma decisiones desde Bogotá por los territorios, que no conoce lo que ocurre”.

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La gran responsable de la guerra ha sido la injusticia provocada por la desigualdad, la marginación y la exclusión. Le corresponde a la justicia derrotarla y abrir el camino para la realización de la paz concreta, material, real, estable y duradera, soportada en bienes materiales, simbólicos y retóricos, que promuevan un cambio en las condiciones en las que la guerra es prospera y rentable. La sociedad de la paz requiere volver los ojos sobre la necesidad de fortalecer el estado de derecho, quitárselo a las mafias que lo controlan y a las clientelas que lo debilitan y ponerlo a disposición del respeto y garantía para la realización de los derechos humanos.

Colombia necesita para entrar a la paz de un estado de derecho que hable menos de democracia y la practique más, que sea capaz de extender, comunicar y conducir valores, conductas y acciones de convivencia pacífica entre sus habitantes y sus instituciones. Lo anterior, promoviendo la inclusión y el reconocimiento de cada uno como ser humano hasta abandonar la idea de matarnos, agredirnos y hacernos daño. La paz es el camino, no es un fin, ni un objetivo. La paz es un derecho ya conquistado, un valor de dignificación humana y un principio guía para vivir con tranquilidad.

Hace dos mil años, Aristófanes desde el teatro enalteció el sentido de la paz, mostrando que esta había sido robada a la humanidad por la guerra que la había metido en una caverna de la que todavía no ha sido rescatada. Trigeo organizó a la gente para ir a sacarla de allí sin lograrlo, después otros optaron por crear una ciudad de aves para volar y escapar de la guerra. Como nosotros los colombianos nos metimos en una guerra sin fin, hoy parece que estamos rescatando la paz, construyéndola, día a día, en medio de las más crueles adversidades y huellas de una implacable barbarie.

La paz como valor humano es un bien material indivisible e inseparable de la seguridad humana, que tiene que ver con lo más elemental de un ser humano para vivir, como el agua y la comida. Como valor es también el ideal de estar tranquilos, sin sobresaltos, una aspiración de que nada falte para poder ser mejores humanos. La paz como valor se constituye en la relación de cada uno con el otro, los otros, y con la naturaleza. Se construye en el contexto de la sociedad en la que se vive, empieza desde adentro de cada quien y por sumatoria se produce la paz social y luego la paz entre pueblos y estados. Del valor de la paz se desprende su doble condición de derecho humano universal y de precondición para el disfrute de los demás derechos ya alcanzados. Es un derecho individual de las personas que se refleja en el colectivo para convertirse en patrimonio común de la humanidad.

Pero la paz también es un principio que convoca a la sociedad y a los estados a educar y ser educados para la paz, de manera que se pueda vivir en una sociedad segura contra la explotación y la opresión. Convoca a través de ella a desobedecer, a objetar la conciencia frente a las amenazas a la vida y a ponerse en resistencia cuando un ser humano es tratado como cosa, olvidado, ofendido, despojado. La paz como principio alienta las constituciones y las instituciones y llama a ser tratados con igualdad y justicia.

De la paz como valor y principio nace el derecho humano a la paz, como un bien, un patrimonio, una conquista resultante de luchas sociales, que se ha movido a través del tiempo con múltiples voces. A manera de ejemplo, Lisistrata en el siglo tercero alentó una insurgencia de mujeres que se negó a ir a la cama con los hombres a cambio de que abandonaran la guerra y los convocó a educar a sus hijos para las artes; Hildegarda de Bingen en el siglo XI, uso el ambiente de paz para crear un convento de monjas sin habito y desde lo alto de una colina compuso 70 piezas musicales, realizo el más completo de los estudios sobre el papel de las plantas en la curación de enfermedades y estudio la teología que solo estaba destinada a los hombres y todo lo afirmó sobre el espíritu de paz que ofrecían las artes y las ciencias para ser humanos. En el siglo XVII Olimpie de Gouges recorrió las calles de París agitando las ideas de la libertad en el marco de la revolución francesa y Mery Wollstonecraff recorrió la geografía de Europa pregonando el reconocimiento de los seres humanos como iguales y libres.

En cada tiempo hombres y mujeres se han unido en el valor y principios de la paz para empuñar la rebeldía. Hoy doscientos años después de habernos declarado derechos como humanos, somos lo que somos, sabemos reclamar derechos, tenemos capacidad para levantar la voz, tenemos vitalidad para no dejarnos someter. Las luchas anteriores nos han enseñado a ser humanos, a reconocernos unos a otros como iguales, sin amo, sin dueño y a entender que la vida es para vivirla con dignidad y que la paz es mejor que la guerra, en eso consiste el patrimonio común.

La paz como valor y principio se convierte en un derecho síntesis sin el cual el resto de derechos no puede realizarse, hace parte de la esencia humana de las personas y se constituye en el espíritu que mueve a los grupos a los pueblos y a la humanidad a portarse como humanos. La declaración de derechos de los pueblos de 1984 acogió el sentido de que a los humanos les asiste el derecho sagrado a la paz y a los estados les corresponde respetar, hacer respetar y garantizar la existencia de la paz y le recordó a la humanidad que no hay guerras justas, ni santas ni limpias, que todas las guerras son crueles, absurdas.

Si la paz es principio, valor y derecho, ¿qué viene entonces en materia de implementación de los acuerdos de paz alcanzados en y qué garantiza su implementación?

Lo primero que hay que reconocer es que en Colombia existen dos realidades, una es material, la otra es de formalidades. En nuestro país, la paz real se está construyendo con la gente que hace cositas, (dicen las victimas), la que teje paso a paso su propia vida, la que lucha día a día por su trabajo, por su educación, por su salud, por su alimento, por su vivienda, por mantener su vientre en gestación libre de temores, la gente que conoce y cuida la solidaridad como un bien sagrado. Esas personas que si se quedan calladas se ahogan, la que dice las cosas sin calculo político ni cuentas electorales, que no tiene nunca un proyecto escondido bajo la manga para hacer daño ni apropiarse del bien común, la gente que puede mirar a los ojos sin reservas.

La Colombia real es esa que lucha día a día por liberar a la paz, sacarla de la caverna en la que ha estado encerrada por el clientelismo y la corrupción de las élites en el poder que se roban cada año casi la mitad del presupuesto, que se toma las instituciones como botín para ofrecer contratos y que cínicamente habla de paz pero alienta el odio y se resiste a permitir que la sociedad se humanice, abandone las rutas de la muerte. La Colombia material entre 2011 y 2015 vio caer asesinados a 534 activistas y defensores de paz, entre 2016 y 2017 ya ha enterrado a más de 100, lo que indica que a pesar de los avances producidos todavía persiste el terror. Los paramilitares están ahí y miles de funcionarios se niegan a dejar avanzar la paz, ponen trabas, piden de más, burocratizan el camino, son indolentes.

La Colombia formal, la otra, quiere entrar en la OCDE, está convencida de que hay que salir de la guerrilla y no del conflicto, le parece importante firmar el TLC y ser miembros de la OTAN. Además, se complace de la polarización en Venezuela y se jacta con los premios a la ecología que entregan los contaminadores y los premios a la excelencia que reparten los despojadores. Se regocija de tener no menos de cien leyes nuevas después de formados los acuerdos, incluido un desastroso y extralimitado código de policía y se llena de con cinismo de propuestas para quedarse con los recursos de la paz bajo el manto de un discurso de posconflicto ya instalado, sin que hayamos comprendido todavía lo que paso en el conflicto y sin haber reconocido como tal a la barbarie padecida para no dejarla reducida al perdón semántico que produce impunidad.

Lo segundo es no olvidar que se pactó un acuerdo de paz y se avanza en conversaciones en otro, y que para llegar a negociar la guerrilla no estaba ni cansada ni débil, ni derrotada. Tampoco, que las élites que pactaron no estaban cansadas ni avergonzadas de ser las primeras responsables de la tragedia. El estado y las instituciones no fueron un actor estudioso de la guerra, fueron el actor principal y las aterradoras cifras de 225000 muertes, más de 50000 desparecidos forzosos y más de 6 millones de desplazados forzosos. En general, las 8 millones de victimas en estos últimos cincuenta años de guerra, lo comprometen, con todo y sus funcionarios como autores directos, en connivencia, aquiescencia u omisión de dicha barbarie y es allí donde hay que ubicar el foco de atención de la educación en y para la paz y la formación de valores en defensa de la vida.

Lo tercero es no olvidar que fue la conciencia de la gente, su cansancio de vivir amontonando muertos y dolores en cordones de miseria sometidos al abandono y la indolencia, que al integrarlos serían iguales a una ciudad de víctimas del tamaño de Bogotá, la que se cansó de la guerra y ha logrado devolver la esperanza para vivir en paz, con respeto y cuidado por la dignidad humana, libre de intenciones de sometimiento, con responsabilidades por el otro y fomento colectivo de la humanidad. La paz no se origina entonces en el gobierno, es resultado provisional de una lucha de síntesis que convierte lo alcanzado en el derecho a convertir en un valor real y en un principio central para reorganizar la vida misma en individual y en colectivo.

Lo cuarto, es desmontar algunos mitos que de tanto repetirlos tienden a volverse verdad y hacer claridades respecto a que: con el acuerdo de paz, la insurgencia se compromete a dejar sus armas y el uso de la violencia como herramienta política pero no su proyecto político, ni su programa socialista por el que se alzó en armas. Esto quiere decir que no hay que esperar a ver como los guerrilleros se convierten en empresarios, en obreros de construcción, en panaderos o en técnicos en sistemas, si no hay que esperar a que se conviertan en políticos de carrera, en adversarios de la clase política tradicional.

También, quiere decir que hay que bajarle el tono al afán de ciertas instituciones y organizaciones a ver qué le ofrecen o venden a la guerrilla sin armas, como cursos de pastelería, diplomados, cátedras de paz o ebanistería. Es mejor prepararse para orientar cursos y diplomados para capacitar funcionarios que aporten a modificar y ajustar las instituciones de tal manera que sean puestas del lado de la gente, de sus demandas, de sus necesidades. Se trata no de preparamos para educar a los nuevos actores políticos sin armas si no de compartir una misma educación de paz que tampoco la sociedad ha tenido. Es preciso recordar que se esta acabando una guerrilla en armas, pero no se acaba ni degrada el derecho de rebelión y hay que esperar una movilización social creciente y fortalecida en su resistencia exigiendo que los cambios efectivamente se produzcan y el derecho a la paz contribuya a que los demás derechos invisibilizados por la guerra se realicen.

Las apuestas de paz territorial

Las apuestas territoriales de paz tendrán que ir integrando elementos comunes para confluir en una mirada integral de lo que pasó y de una reparación para que la barbarie no se vuelva a repetir. Las aproximaciones diferenciales permitirán comprender cada realidad territorial y armonizar procesos de planeación y articulación interinstitucional que usualmente se superponen, aquí se requiere que las instituciones se adecuan a las necesidades y oportunidades del nuevo contexto, que los funcionarios se formen para entender al país real, abandonen esa absurda mentalidad de servirle a los sistemas mas que a la gente, de ir bien en indicadores pero muy mal en las condiciones materiales de existencia colectiva. Las instituciones deben ser garantes de convivencia, reparación y no repetición.

La gran responsable de la guerra ha sido la injusticia provocada por la desigualdad, la marginación y la exclusión. Le corresponde a la justicia derrotarla y abrir el camino para la realización de la paz concreta, material, real, estable y duradera, soportada en bienes materiales, simbólicos y retóricos, que promuevan un cambio en las condiciones en las que la guerra es prospera y rentable. La sociedad de la paz requiere volver los ojos sobre la necesidad de fortalecer el estado de derecho, quitárselo a las mafias que lo controlan y a las clientelas que lo debilitan y ponerlo a disposición del respeto y garantía para la realización de los derechos humanos.

Los territorios son los lugares donde ocurren los hechos, donde la gente se hace humana y es en el territorio, en la memoria, en la cultura, donde se forjan los derechos, se resiste a las arbitrariedades y se puede señalar a los responsables que han impedido que los seres humanos puedan vivir en dignidad y ser respetados y reconocidos por el solo hecho de ser humanos.

Finalmente solo decir que es urgente entender que si esta universidad, este territorio de memoria Boyacense, recibiera tan solo el dinero que se gasta en cinco días de guerra en Colombia a razón de 45000 millones de pesos por día se podría sostener en plena gratuidad durante un año a los 30000 estudiantes de esta universidad y proveer de mejores garantías y condiciones a los mas de dos mil profesores a contrato hoy levantados en protesta reclamando por un trabajo docente que también sea decente y respetuoso de derechos que sirva para aportar a la construcción de educación en paz.

Fuente: Manuel Humberto Restrepo Domínguez.

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