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 martes 23 de noviembre de 2021

 

En el quinto aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz en Colombia

Foto: Naciones Unidas

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Noticias ONU viajó a Colombia para descubrir lo que encontrará el Secretario General de la ONU en su visita al país.

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La guerra es una familia desestructurada. La paz es esa misma familia cuando decide ir al psicólogo. Restañar las antiguas heridas requiere mucho acompañamiento en la terapia de la reconciliación.

“Familia Llano Grande”, reza un mural a la entrada de un poblado colombiano en el que conviven excombatientes, campesinos, militares y policías. Una imagen impensable hace tan solo cinco años cuando se firmaron los Acuerdos de Paz de la Habana que ponían fin al conflicto entre el Estado y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC EP.

Todos ellos se consideran ahora víctimas de un conflicto que duró… demasiado tiempo, pero todos ellos se ven ahora como una familia, a la que las Naciones Unidas está acompañando en una terapia de reconciliación.
La paz “ha traído muchos beneficios para los campesinos, para las comunidades, para la fuerza pública. Principalmente, para la familia Llano Grande. Nos cuidamos, nos reunimos, vemos cómo podemos ayudarnos”, asegura un miembro del pequeño contingente del Ejército, apostado en la ladera de la montaña donde se sitúa Llano Grande, y que prefiere no dar su nombre para este reportaje.

“Ay sí, ahora somos una familia”, dice Luzmila Segura, que tiene 67 años y cuenta como, en los tiempos del conflicto, muchas mañanas amanecía en el monte llena de miedo.

“Uno veía a la gente armada que llegaba. ¡Ay, qué miedo dios mío! Qué es lo que uno va a hacer, ya vendrán a matarnos. Había muchas veces que coger el monte y amanecer por ahí (…) Yo tenía para aquel lado de allá un ranchito, una casita, y oiga se entró la gente armada y hasta los pedazos de bota que uno tenía, a todo eso le metieron candela, todo me lo quemaron y de ahí para acá me fui para el pueblo”, recuerda Luzmila, que trabaja en la nueva fábrica de Arepas puesta en marcha con la ayuda de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

“Ahora me siento muy contenta porque me regalaron la casa. Ahora vive uno como muy tranquilo, muy rico. Hay excombatientes y trabajamos juntos como una familia. La paz ha servido y hasta el momento todo va bien. Todos uniditos. Ya quitó el miedo”, dice entre sonrisas.

Carmen Tulia Cardona Tuberque, que dirige la fábrica de Arepas en la que trabaja Luzmila, prefiere solo hablar del presente porque siente el pasado demasiado doloroso, con una historia personal que rehúsa contar, pero incluye un marido muerto en el conflicto, y una historia colectiva que marca la gran cantidad de gente que se desplazó de Llano Grande.

“Yo creo que es una comunidad que, pese a tantas dificultades que ha pasado, hoy tiene a todos reunidos trabajando por una misma causa, la paz. Uno nunca pensaba que esto iba a pasar (…) La comunidad aporta una granito de arena a las personas. Nosotros, aquí como comunidad nos apoyamos, porque de ahí depende mucho la armonía”, reflexiona Carmen con una mirada puesta en el horizonte, que se le ilumina cuando cuenta que muchos desplazados están retornando a Llano Grande. “Eso es algo que lo motiva mucho a uno”.

Jairo Puerta Peña, excombatiente que ingreso a las FARC teniendo 14 años, “hace por ahí unos 45 años”, y ahora atiende un curso de formación como albañil de la construcción, también se siente parte de la familia. “Todos estamos con los mismo objetivos, vivir mejor, trabajar con tranquilidad”.

Al acabar su clase de formación de la mañana, Jairo narra cómo ha cambiado su vida en estos cinco años: “La vida en la guerra era siempre andar, conocer, hablar con la población, estudiar y entrenar las tropas pues había que enfrentar el enemigo para no dejarnos matar. Después de los Acuerdos de Paz ha sido una vida más tranquila. Tranquilidad para estar con la familia, para dormir, para comer, para trabajar (…) Ya no se escuchan los tiros, las bombas ni los helicópteros cargando tropas”.

Su compañero de armas Efraím Zapata Jaramillo, que tenía 21 años cuando dejó el trabajo en la construcción que tenía en Medellín y “se subió al monte” con las FARC en el departamento de Caquetá, explica cómo ha pasado de estar en el monte con un fusil “a bregar” para reintegrarse a la sociedad y poder tener un nivel de vida normal, como cualquier colombiano.

“Todos aquí, excombatientes, no excombatientes, policía y Ejército somos una familia luchando por la paz para seguir adelante y no volver a coger las armas, y que el arma de nosotros sea la palabra no solo para defender nuestros derechos sino los del pueblo colombiano, especialmente el campesinado que está tan abandonado por parte del Estado”, dice sentado ante la máquina de coser en la que ahora prepara prendas para la comunidad gracias al material entregado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

A su lado, en el taller de confección, se sienta Monica Astrid Oquendo, joven campesina para quien los Acuerdos de paz han traído muchas capacitaciones que han beneficiado tanto a la comunidad.

“Somos como una familia porque compartimos ideas, compartimos trabajo…” cuenta con el metro de sastre en su cuello, ilusionada con las sudaderas, las camisas polo y los buzos que ya salen de su taller de confección y los futuros cortavientos que quiere vender en todo el valle y más allá, para proteger a quienes van en moto del sol, la lluvia y el frío.

Cómo construir familia: El ejemplo de Mariela López, la maestra del pueblo
Cuando se anunció que 117 excombatientes iban a ser reubicados en Llano grande para su reintegración, Mariela López, maestra en la escuela del pueblo, sintió miedo, pero no tuvo pocas dudas.

“Ese primer día que yo los volví a ver a ellos y me fui. Me fui para el pueblo y por allá abajo me senté a llorar y yo decía ¿cómo hago yo para hablar de paz si yo no he perdonado? Pero si yo no perdono, pues la que se está haciendo daño soy yo. Y me dije no quiero que ninguna familia en Colombia viva lo que yo viví, y desde hoy voy a aportar lo que sea para que el proceso de paz se dé y para que en Llano Grande se viva la reconciliación”.

Después, al conocer a los excombatientes, cambió la opinión que tenía de ellos: “Nosotros pensábamos, y no solamente yo, que los excombatientes eran personas agresivas por lo que uno había vivido, pero al llegar ellos ahora pienso que no son tan malos y, voy a pedir disculpas por lo que voy a decir, pienso que muchos de ellos también son víctimas”.

Llano Grande no es una excepción, pero tampoco la norma
Existen otras comunidades parecidas a Llano Grande en Antioquia, pero en otros lugares, aún queda mucho por hacer.

En la no muy lejana municipalidad de Apartadó, lugar escogido por el Gobierno para celebrar un acto de conmemoración del quinto aniversario de los Acuerdos de Paz, en el que estará António Guterres, la Alcaldía comenzó la construcción de una carretera “fundamental para conectar las zonas rurales (donde se encuentran los excombatientes) con la ciudad”, pero ahora mismo no tiene recursos para terminarla.

Y algunos miembros de la municipalidad aseguran que, si bien no hay conflicto entre excombatientes, civiles, militares y paramilitares, tampoco existe la reconciliación: “más bien cada uno está a lo suyo sin meterse con el otro”.

En el mismo departamento de Antioquia, la Defensoría del pueblo ha emitido 31 alertas relacionadas con homicidios, atentados, amenazas, desplazamiento y estigmatización de excombatientes. Desde el 2017, el departamento ha registrado 30 homicidios y cuatro desapariciones, en su inmensa mayoría de hombres.

Finalmente, en otras partes de Colombia, como en departamento del Chocó, la situación es más grave y Oficina de Derechos Humanos de la ONU indicó este jueves que la situación es “alarmante” ya que se están cometiendo “graves violaciones”.

Se habla de reclutamiento de niños, menores de edad que se suicidan, víctimas violencia sexual y más de 5000 personas que han tenido que desplazarse por la violencia en lo que va de año en ese departamento, mientras más de 30.000 están confinadas.

Fuente: Naciones Unidas

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